La contaminación del mar

Demasiadas veces hemos creído que el mar se lo puede llevar todo, que puede esconderlo todo bajo la inmensa alfombra de sus aguas. Pero esta es una misión que el hombre exige y que el mar no puede cumplir. Hidrocarburos, metales pesados, aguas fecales, productos químicos, materiales radioactivos, terminan sus días en un lugar común. El mar dispersa, diluye y degrada, pero su capacidad tiene un límite.

La misma evidencia de los abusos ha provocado que la necesidad de conservarlo encontrara un sitio en la conciencia colectiva; incluso en las agendas de muchas administraciones. Aún así, la presión de las actividades humanas en el continente y los accidentes evitables en el mar debilitan toda actuación positiva.

De seguir así, la salud del mar corre el riesgo de quedar dañada para siempre.

Vertidos en el mar

Vertidos directamente, a través de ríos y filtraciones o después de haber pasado un tiempo en la atmósfera, la mayor parte de residuos generados por actividades humanas acaba en el mar.

La industria origina un gran volumen de desperdicios; metales pesados, productos químicos, hidrocarburos, una larga lista de contaminantes que en muchos casos se vierten directamente a las aguas. Una práctica habitual en los países en vías de desarrollo, donde no cuentan con sistemas de depuración o no son lo suficientemente eficaces. Algo similar ocurre con los residuos urbanos, fuente de contaminación por materia orgánica, sustancias procedentes de las emisiones de los automóviles, aceites, o productos químicos.

Se ha invertido mucho en los últimos años para que las aguas residuales pasen por modernos sistemas de depuración y salgan relativamente limpias, adecuadas por ejemplo, para regar jardines o huertos o para lanzarlas al mar. Pero los mismos procesos de depuración, cuando existen, generan lodos concentrados, a menudo muy tóxicos. ¿Qué se hace con estos lodos? Una vez más, se tiran al mar, relativamente alejados de la costa y a cierta profundidad. Esto mantiene las costas limpias, pero los peces e invertebrados del fondo marino pueden contaminarse antes de acabar en el mercado como producto de consumo.

Las actividades agrícolas y ganaderas, responsables de la mayor parte de vertidos sin tratar, y la navegación, que contribuye a agravar la contaminación por hidrocarburos, acaban de afectar a un equilibrio, que especialmente en el litoral, se encuentra gravemente dañado.

Petróleo

Lo bautizaron como el oro negro, un recurso menguante, valiosísimo, pero también altamente contaminante. Producción, consumo, transporte, ninguno de los procesos asociados al uso energético del petróleo deja indemne al medioambiente. Y el mar es uno de los ecosistemas que más se resiente de las grandes catástrofes y de los vertidos constantes que acaban desembocando en sus aguas.

Las actividades en tierra son la principal fuente de hidrocarburos que terminan en el mar. Los residuos que dejan los automóviles y la industria originan más del 50% de las aproximadamente 2,5 millones de toneladas de petróleo y derivados que cada año reciben los océanos.

Los grandes vertidos originados por los accidentes de petroleros que periódicamente sacuden los ecosistemas marinos representan tan sólo un 5% de todo ese petróleo. Otro 10% es debido a las emanaciones de fuentes naturales, que desde siempre han arrojado petróleo al mar. El resto, entre un 30 y 40% procede de la limpieza y mantenimiento de los barcos y de las emisiones a la atmósfera que acaban en las aguas arrastradas por la lluvia.

¿Qué ocurre?

Cuando el petróleo llega al mar, se extiende rápidamente formando una pequeña capa de gran superficie. La mayor parte acaba evaporándose u oxidándose por la acción del sol; el resto, si no ha llegado todavía a la costa en forma de marea negra, se disuelve en el agua donde puede permanecer durante años. Su evolución depende en gran medida de la naturaleza del combustible y de sus características. Según la densidad que adquiera al envejecer puede sedimentar hasta el fondo marino, o bien, formar una emulsión con el agua, el denominado “mousse”, que permanece a flote en el mar, en forma de bolas de alquitrán.

La naturaleza también juega su pequeña baza en la evolución de los vertidos de petróleo. Como siempre ha habido emanaciones naturales de petróleo procedentes de las reservas del fondo marino, algunos microorganismos se han especializado en obtener energía a partir de su degradación. Esta es la forma más eficaz de reciclaje, capaz de convertir un residuo tóxico en sustancias completamente inocuas, aunque la lentitud a la que avanza este proceso no permite evitar los devastadores efectos contaminantes de los hidrocarburos.

Los efectos

Evaluar el impacto ecológico de un vertido, ya sea el de un accidente o el de los hidrocarburos que, procedentes de ríos y cloacas desembocan diariamente en el mar, es tremendamente difícil y dependerá del lugar, el momento y la composición del crudo.

Un vertido masivo ocasionará terribles efectos a corto plazo; los vertidos dispersos pasan más inadvertidos, pero sus consecuencias pueden percibirse con el tiempo y en una mayor cantidad de individuos. En un vertido masivo, las aves marinas suelen ser la primeras y más evidentes víctimas. Sus plumas, embadurnadas de petróleo pierden la capacidad de impermeabilizar y mantener la temperatura. Incapaces de volar, se refugian en la costa dónde mueren de frío, de hambre o intoxicadas. Los mamíferos corren a menudo la misma suerte, y aunque acaben evitando los efectos directos de la contaminación, pueden verse afectados a largo plazo tras ingerir alimento contaminado. Especies filtradoras, algas impregnadas, peces, todos acumulan cierta cantidad de sustancias tóxicas.

Cuando el petróleo se diluye hasta concentraciones no letales, sus efectos se hacen notar en forma de enfermedades crónicas, pérdida de fertilidad, deformaciones y alteraciones de comportamiento.

La salud humana puede verse igualmente afectada. El crudo tiene miles de compuestos distintos, y de la mayoría no se conoce el nivel de toxicidad aunque sí se sabe que algunos son potenciales cancerígenos, irritantes y causantes de afecciones hepáticas, renales y nerviosas. Y al otro lado del desastre ecológico está el desastre económico y social. El mar deja de ser la valiosa fuente de recursos y de vida que había sido para entrar en un largo período de letargo del que le costará salir.

Grandes desastres

1967, un precedente marcado por la inexperiencia

El petrolero “Torrey Canyon” transportaba 120.000 toneladas de crudo cuando impactó contra los arrecifes de Seven Stones en Inglaterra, en marzo de 1967. Todo el contenido de sus tanques se extendió inmediatamente por el océano Atlántico. Este fue el primero de una larga lista de devastadores desastres que quedó marcado además por la inexperiencia y la precipitación.

Las medidas emprendidas para atajar los efectos del vertido acabaron causando peores consecuencias que las que se pretendían evitar. La decisión de arrojar al mar una cantidad ingente de detergentes para disolver el petróleo fue un error que sólo consiguió agravar la contaminación. Sobrepasadas por la evolución de la marea negra, las autoridades optaron por bombardear el barco en un intento desesperado por hacer desaparecer el crudo. Finalmente, “Torrey Canyon” se hundió. Tras de sí, dejaba una apocalíptica columna de humo, una industria pesquera arruinada, y unas terribles consecuencias ecológicas.

1976, naufragio en Galicia

La marea negra originada por el naufragio del petrolero español “Urquiola” ha sido la más importante acontecida en las costas españolas. Se derramaron 108.000 toneladas de crudo delante de A Coruña y sus rías, que junto con las de Ferrol y Ares quedaron gravemente afectadas. Habían pasado casi diez años desde el hundimiento del “Torrey Canyon” y el número de accidentes con pérdidas de crudo se contabilizaba ya en más de quinientos.

1979, entre los peores

La erupción del pozo petrolífero “Ixtoc I” en el golfo de México provocó la segunda peor marea negra de la historia –la primera llegaría con la Guerra del Golfo. Se vertieron 450.000 toneladas de petróleo que contaminaron un área de 1.600 kilómetros cuadrados de costas mejicanas. Ese mismo año y de nuevo en el golfo de México colisionó otro petrolero, pero esa vez, la mayor parte del contenido de sus tanques no acabó en el mar, sino en la atmósfera, en forma de humo tóxico.

1989, vertido en la frágil Alaska

El vertido del “Exxon Valdez” en la bahía de Prince William, en Alaska, originó la que se considera la peor tragedia ecológica de la historia de Estados Unidos. Una marea negra que se extendió a lo largo de 750 kilómetros de costa y que mató todo a su paso. El rico y bello ecosistema del golfo de Alaska quedó dañado para siempre. Focas, leones marinos, pájaros bobos, orcas, cormoranes, patos arlequines, una larga lista de especies vieron como el número de sus poblaciones se reducía drásticamente. El impacto social y económico no fue menos importante, en una población que basa gran parte de su subsistencia en la pesca.

1991, una guerra, un desastre ecológico

Para dificultar el avance de las tropas aliadas, Iraq arrojó al golfo Pérsico cinco barcos cargados con 11 millones de barriles de crudo; 800.000 tonelas que de forma intencionada, y en parte también como consecuencia de los bombardeos, fueron a parar al mar. Las Naciones Unidas calculaban que antes del vertido masivo, el golfo Pérsico ya estaba 43 veces más contaminado que cualquier otra área marítima. Un mar de poca profundidad y especialmente vulnerable que acabó acogiendo uno de los peores desastres ecológicos de toda la historia.

1992, el sobrecogedor testimonio de la Torre de Hércules

Le tocó de nuevo a Galicia contemplar con impotencia como el buque griego “Mar Egeo” vertía el contenido de sus tanques ante la Torre de Hércules. Una inmensa columna de humo oscureció A Coruña durante dos días; mientras, la marea negra invadía las rías del Ferrol, Ares y Betanzos, en las que el cultivo del mejillón tuvo que interrumpirse durante tres años. Las adversas condiciones meteorológicas que sacuden a menudo las costas gallegas se empeñaron una vez más en llamar a la mala suerte.

2001, amenaza en las islas Galápagos

El buque “Jessica” estaba cargado de fuel y diesel cuando encalló a 800 metros de la isla de San Cristóbal, en el archipiélago de las Galápagos. Gran parte del combustible se vertió ante uno de los ecosistemas más bien preservados del planeta, único y de incalculable valor. Los esfuerzos por contener y limpiar el combustible tuvieron por una vez una importante recompensa. Los estudios realizados un año después demostraron que el daño fue disperso pero leve. Un aviso de lo que pudo haber sido y de lo que podría volver a ocurrir.

2002, Galicia, otra vez

Cada año pasan frente a Finisterre 13.000 mercantes cargados de sustancias peligrosas. Las duras condiciones meteorológicas que caracterizan esta zona acaban de empeorar la situación. Galicia se convierte así en el testimonio de accidentes periódicos, que castigan su economía, su gente y su mar. El “Prestige” se hundió con más de dos tercios de su carga, el resto alcanzó la costa o quedó en el mar, a merced de los vientos. Mientras, desde Galicia el clamor gritaba “Nunca máis”.

Regulación / El futuro

La realidad se empeña en repetir que evitar la contaminación marítima es como luchar contra viento y marea. Buena parte de esta contaminación proviene de tierra, y reducirla pasaría por aumentar el control sobre los vertidos urbanos, industriales y agrícolas. En cuanto a las actividades en el mar, la navegación es sin duda la más peligrosa. La Organización Marítima Internacional, organismo responsable de la seguridad marítima a nivel mundial, introdujo medidas activas, especialmente después del accidente del “Torrey Canyon” para evitar nuevos desastres protagonizados por barcos mercantes. Allí nació el Convenio MARPOL 73/78 que establece las regulaciones para evitar la contaminación accidental y controlar las descargas autorizadas. Sin embargo, continúa habiendo países que desoyen estos tratados y que favorecen la existencia de barcos con banderas de conveniencia que eluden la normativa.

Los convenios internacionales y leyes nacionales en materia de medio ambiente y contaminación deben regirse bajo el denominado principio de precaución, pero este principio laxo se moldea demasiado a menudo después de una gran catástrofe. El desastre ocasionado por el vertido del “Exxon Valdez” en Alaska por ejemplo, motivó el endurecimiento de la legislación en EE.UU. Así, los barcos menos fiables son expulsados de los puertos estadounidenses desde donde se dirigen a Europa, con una legislación menos estricta.

El tráfico innecesario en el caso del petróleo y derivados, el uso de rutas peligrosas –como las que pasan paralelas a los tres cabos atlánticos– y la laxitud de algunas legislaciones que permiten incluso que los armadores y fletadores de barcos accidentados cobren por la carga vertida por tenerla asegurada son responsables de la mayor parte de accidentes relacionados con el transporte de materiales peligrosos en el mar.Regular y controlar la contaminación está en manos de los gobiernos. De ellos depende que no haya más desastres anunciados y que no sean estos los que después de haber causado un daño irreparable motiven el endurecimiento de la legislación.

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