Hay libros que se leen por la historia y otros que se leen por el sitio donde ocurre. El pintor de almas de Ildefonso Falcones, es de los segundos. La trama funciona, pero lo que me ha enganchado es caminar por una Barcelona que ya no existe y saber que buena parte de sus calles y edificios siguen ahí.
Dalmau, entre dos mundos
Barcelona, 1901. Dalmau Sala es pintor y ceramista, hijo de un anarquista ajusticiado. Trabaja en el taller de don Manuel Bello, burgués católico y conservador que es su mentor y su patrocinador. Su familia y Emma, la mujer que ama, militan en la lucha obrera. La novela entera gira sobre esa tensión: quién te da de comer frente a quién eres. Dalmau no es un héroe. Es alguien que intenta no venderse mientras todos le piden que elija bando. El título sale de sus cuadros, que retratan a los miserables que deambulan por la ciudad.
Mi principal reparo es que Falcones escribe personajes a trazo grueso: el burgués, la anarquista, el artista atormentado. Si buscas psicología fina en los personajes, no es este libro. A cambio, la época está contada con una minuciosidad que se agradece.
Barcelona como escenario
La ciudad de 1901 es un contraste: miseria en los barrios obreros y opulencia en el Eixample, donde ya despuntan Gaudí, Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch. Falcones usa esa distancia como motor del conflicto, no como postal. Y lo mejor es que se puede comprobar con los pies: algunos de los edificios de los que se habla son hoy en día de los más visitados por los turistas en la ciudad.
La Semana Trágica
En julio de 1909 el gobierno de Maura moviliza reservistas, hombres con familia y trabajo, para reforzar las tropas en el norte de Marruecos. Quien podía pagar se libraba; quien no, iba. La protesta desemboca en huelga general el lunes 26 de julio y se desborda en insurrección: barricadas, tranvías volcados, iglesias y conventos incendiados. Al día siguiente, en el Barranco del Lobo, muere el general Pintos y el ejército sufre cientos de bajas, con las noticias llegando en pleno estallido.
Cuando la revuelta se apaga, a principios de agosto, quedan alrededor de un centenar de civiles muertos y una represión durísima que acaba en octubre con el fusilamiento de Francesc Ferrer i Guàrdia, pedagogo anarquista al que se acusó de instigar los disturbios sin pruebas sólidas.
Es la parte que, para mí, justifica el libro. Los personajes viven en primera persona muchos de los hechos del momento, ya sea participando o simpleemnte desde un tejado…
Lo que me llevo
No es una novela perfecta. Los personajes son más claros de lo que me gustaría y algún tramo se estira más de lo necesario. Pero te devuelve una ciudad. Al cerrarlo dan ganas de ir a mirar los edificios de verdad, de buscar en un mapa dónde estaba aquel taller, de comprobar cuánto queda en pie. Para mí, eso pesa más que la perfección literaria.





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