Conectados hasta la ansiedad

Los teléfonos móviles e Internet son una nueva droga para muchos adolescentes, que viven su día a día entre mensajes y chats. Estamos ante una nueva adicción que genera una gran dependencia y puede acabar en neurosis, como alertan psicólogos y ONG, que preparan programas de «desintoxicación»

Sara tiene 14 años y desde el año pasado disfruta, como la mayoría de los adolescentes, de teléfono móvil. Ella simplemente lo considera útil. No lo lleva al colegio «porque roban mucho» y lo enciende en cuanto llega a casa de sus actividades extraescolares. Envía de cinco a diez mensajes al día. Los mismos que recibe. Pero reconoce que tiene una amiga a la que el celular la vuelve loca. «Siempre lo lleva encima, se pone histérica si se le olvida, lo utiliza permanentemente y hasta duerme con él. Está obsesionada. Es como si no tuviera nada más que hacer.»

Muchos de sus amigos sí llevan el teléfono móvil a la escuela. «Tiene que estar apagado, pero lo ponen en vibración y así lo escuchan cuando les interesa.» Sara, buena estudiante, admite que lo que realmente es imprescindible para ella es la televisión e Internet. «Son obligatorios», afirma vehemente. «No puedo dejar de ver ciertos programas en la tele, porque luego estoy perdida.» Confiesa que a esta tarea le dedica, más o menos, una hora diaria.

¿Y con Internet? «Es imprescindible. La red es mucho más interesante, sus posibilidades son infinitas. Me bajo la música que quiero y luego las grabo en el MP3, que es muy pequeño y caben hasta sesenta canciones. Ya sé que es ilegal. Hay también juegos fantásticos para cuando estoy aburrida, navego en las páginas de mis artistas favoritos o miro cosas que quiero comprarme.» Y, sobre todo, chatea con sus amigas en el ordenador instalado en su habitación, a través de Hotmail.

«Escojo a las personas con las que quiero hablar. A veces no las conozco, pero sé que son amigos de mis amigas. Cuando es así yo no digo nada de mí, porque no chateo para conocer a gente.» Esta hija de profesores lo tiene claro: «Es imposible tener una relación por Internet con un desconocido porque no sabes nada de él, no sabes si es una persona buena o mala».

Los límites que le han impuesto sus progenitores a las nuevas tecnologías son dos: no gastarse más de 30 o 40 euros mensuales en el móvil y tener los deberes hechos antes de dedicarse a sus cosas. Pero su tecnomanía ha enterrado su precoz pasión por los libros. «Desde hace dos años no tengo tiempo de leer», se excusa esta niña que duerme sólo entre seis y siete horas diarias. «Harry Potter» fue su última lectura. Desde entonces, ha intentado reengancharse a los libros, «pero son tan aburridos, tan poco interesantes…».

Marc, que tiene 16 años y repite curso en Arenys de Munt, sí admite que depende del teléfono móvil, pero cree que no es adicto, aunque alguna noche se le ha ido la mano y se la ha pasado entera enviando mensajes, uno detrás de otro. Lo tiene día y noche encendido, como todos sus amigos. «Es un aparato totalmente necesario para mí, para saber dónde está mi gente y no quedar desconectado.»

Para él, el móvil es como llevar el reloj. «Bueno, si me dejo en casa el reloj no pasa nada, pero si me olvido el móvil estoy perdido.» Su primer teléfono le llegó a los 13 años, tras el acoso al que sometió a sus padres porque «todos mis amigos ya lo tenían». Y él quería también «fardar». Hoy, sólo uno -«un bicho raro», ríe- de sus más o menos 50 amigos del Maresme no tiene aparato y sobre él recaen todas las bromas de mal gusto del mundo. Y es que el celular es imprescindible hasta para ligar. «Cuando quieres quedar con una amiga la forma es enviarle un mensaje. Siempre se hace así.»

Marc también tiene un amigo que se pone histérico si está sin el móvil. «Una vez se lo dejó en el coche de su madre y como no podía recuperarlo se puso muy agresivo.» Su límite es la «semanada» que recibe. «Los 20 euros de la semana nos los gastamos por este orden: móvil, tabaco, salir a la discoteca y en la moto, los que la tienen.» De momento, Marc pasa de Internet.

Todos los adolescentes entrevistados para este reportaje tienen móvil, la mayoría a partir de los 13 años, y muchos, ordenador en su habitación. Por eso les extrañan las preguntas. Para ellos, el móvil no deja de ser la forma más natural de comunicarse con sus amigos y con sus padres (desconocen prácticamente la existencia de cabinas telefónicas). E Internet es el mejor instrumento del mundo para bajar juegos espectaculares o música o chatear, como Manel, 15 años y vecino de Lleida, que ha montado con varios amigos una red interna de ordenadores para jugar simultáneamente o chatear tranquilamente desde sus respectivos dormitorios los fines de semana.

Una generación vulnerable

Pero los especialistas han empezado a alertar de los riesgos que pueden comportar las nuevas tecnologías, especialmente entre los adolescentes de 12 a 18 años, porque es una generación muy vulnerable que ha crecido superprotegida por la familia, a la que se le ha concedido casi todo y tiene muy poca experiencia en frustraciones.

La asociación Proyecto Hombre, especializada en el tratamiento de toxicomanías, ha confirmado recientemente que está tratando a dos jóvenes menores de 18 años (uno en Cádiz y otro en Alicante) por su adicción al móvil y que ha recibido centenares de consultas de padres y de usuarios sobre esta dependencia. Este fenómeno ha llevado a la ONG a consagrar sus jornadas anuales, a las que asistieron 25 expertos y 400 profesionales, a las adicciones sin droga o las dependencias derivadas de las nuevas tecnologías.

Proyecto Hombre, que ha puesto en marcha un programa de rehabilitación que dura tres meses, cree que éste es un fenómeno en expansión y que debe considerarse ya como una de las grandes adicciones sin droga del futuro. Albert Sabatés, director de Projecte Home en Cataluña, explica que en esta terapia «se intenta concienciar al joven de que hay llamadas que no son necesarias y se trabaja en la idea de que él mismo se dé cuenta de que ha perdido el control». La ONG asocia la «telefonitis» a la crisis que crea el paso a la adolescencia, como puede ser la falta de autoestima, de integración social o incluso los problemas de aceptación del cuerpo.

A pesar de los pocos estudios que hay sobre esta nueva dependencia, los psicólogos de Proyecto Hombre avanzan lo que podría ser un perfil de adicto al móvil. «Se aprecia un distanciamiento y una falta de comunicación con sus progenitores, en algunos se produce absentismo escolar o no respetan los horarios de estudios, pasan horas chateando en lugar de relacionarse con otros jóvenes de su edad.»

Sabatés habla de la desorientación de los padres que «vienen alarmados porque su hijo se ha fumado un porro y no se preocupan porque ve la televisión cinco horas al día o no apaga el móvil jamás». En Dinamarca, ya hay una clínica especializada en esta «desintoxicación», que sigue las mismas pautas que para desenganchar al ludópata. Según el diario «Julland Posten», este centro, creado en 1998, ha curado ya a unos 60 internautas que pasaban al menos 25 horas a la semana hablando por los chats, a través del móvil o del ordenador.

Los síntomas de esta neurosis especial entre los adolescentes serían, según los expertos, el distanciamiento de los progenitores, el aislamiento y las elevadas facturas telefónicas. La población de alto riesgo habría que buscarla entre los chavales que han crecido en un ambiente familiar poco propicio para su desarrollo, que poseen una baja autoestima y que tienden a huir del mundo adulto que les resulta hostil, refugiándose en grupos y pandillas frecuentemente problemáticos.

La tesis de Proyecto Hombre, tanto sobre esta adicción como sobre tantas otras, es que «el problema no está en la droga; está en la persona independientemente de la droga que consuma o la adicción que presente, es el síntoma de un malestar mayor individual y social».

Andrés González, responsable de la comisión de Psicología de la Educación del Colegio de Psicólogos de Barcelona, proclama que el móvil es ya todo un problema entre la juventud. «Un instrumento que no es necesario para vivir, se ha convertido en imprescindible para los adolescentes», explica este especialista que ha tratado a una estudiante de 15 años de Barcelona que enviaba diariamente entre 40 y 50 mensajes por el móvil, dormía con el teléfono debajo de la almohada y ya ni siquiera podía salir de casa.

González cree, por su experiencia, que los jóvenes viven enganchados al móvil porque es «el eje de unión entre todos ellos. Es el centro de su vida». Calcula que entre el 10 y el 15 por ciento de los adolescentes duermen con el móvil en la mano para poder contestar inmediatamente los mensajes, lo que les «impide descansar correctamente».

«Una cosa es tenerlo encendido todo el día y otra muy diferente es acostarse con el aparato bajo la almohada. Tenerlo en vibración es permanecer en tensión las 24 horas.» El psicólogo defiende, como todos los especialistas, que el uso del móvil y de las nuevas tecnologías en general es excelente por su enorme potencial comunicativo y educativo y por la inmensa ayuda que representa para algunas minorías como los discapacitados, «pero hay que recordar que hablamos de mayorías y del abuso que algunos hacen de la revolución tecnológica».

«Hoy, el móvil entre la juventud es un concepto de prestigio. La persona que recibe más mensajes es la más valorada. A más mensajes mayor credibilidad entre los amigos», explica este experto que recibe más consultas de los propios jóvenes que padecen tecnoestrés que de sus padres. «En mi caso concreto, tengo muchas más chicas en tratamiento que chicos.»

Cuarenta o cincuenta mensajes al día «son una barbaridad» y suponen una gran ansiedad porque los remitentes están permanentemente pendientes del mensaje que se envía, de la espera de la respuesta (la frustración si no la hay) y del contenido. «Los jóvenes de hoy tiene muy claro el concepto de intimidad y esos mensajes y los chats por Internet son ahora su privacidad.» Temen que los adultos descubran esos mensajes.

Cómo detectar el problema

Los expertos opinan que los padres, normalmente, tienen muy poca idea de lo que sus hijos se llevan entre manos y tampoco tienen criterio sobre cómo enfrentarse a las nuevas tecnologías, quizá debido, en muchos casos, a su tecnofobia. «Los adultos pueden pensar que sus hijos abusan de estos aparatos, pero lo integran en la normalidad. Y los chavales que se sienten muy dependientes acaban pensando también que es normal», advierte. La diferencia entre el uso y el abuso es el excesivo placer cuando están «on-line» y la depresión cuando están «off-line».

González sostiene en que son los padres los que deben imponer los límites y los criterios de uso de las nuevas tecnologías porque «no controlar es lo más fácil». También reconoce que los adultos necesitan nuevas pautas para enfrentarse y comprender las redes de alta tecnología. Los padres se dan cuenta de que sus hijos son adictos «cuando ya es demasiado tarde». Prohibir que el chaval lleve el móvil al colegio, que el ordenador esté en un espacio abierto y no en el dormitorio del adolescente o animar las actividades extraescolares en equipo y al aire libre, serían algunas buenas alternativas.

Menos horas de sueño

Esta especie de adicción tecnológica provoca, según los psicólogos, «ansiedad, irritabilidad, crispación», baja el nivel de atención para otros temas, les impide tener tiempo libre y les quita horas de sueño porque por la noche se dedican a enviar mensajes o a chatear por Internet cuando el resto de la familia está durmiendo. Muchas de las funciones fisiológicas que tienen lugar durante el sueño quedan, de esta forma, alteradas.

Los especialistas en los problemas de la adolescencia observan con temor los chateos con desconocidos. «La mentira es algo normal y una situación puntual se convierte en un hecho. La fantasía se empieza a asumir cuando el adolescente se enfrenta al mundo real. La irrealidad del chat se exporta fuera», explica González, que también arremete contra los vídeojuegos, una industria que factura 11.000 millones de euros al año, porque ya se han convertido en una «actitud lúdica complementaria de lo más normal, como si no pasara nada». Hoy, el espacio de ocio de los chavales de 14 años es, básicamente, Internet y los cibercafés, unos centros de reuniones «virtuales» en los que no existe control de ningún tipo, con los peligros que ello acarrea.

El problema radica en que los adolescentes reciben un aluvión de publicidad, tienen acceso a todo tipo de tecnología «pero no se les da ninguna formación sobre cómo utilizarla, ni criterios de cómo buscar información en la red».

Según un estudio presentado por Antonio Tarabini, sociólogo y presidente de la Fundación Gadeso, en las jornadas de adicción sin sustancia de Proyecto Hombre, existe una clara correlación entre el fracaso escolar y el abuso de las nuevas tecnologías, especialmente televisión e Internet. «Las cifras de tal fracaso son patentes, ya sea en el puro y duro abandono escolar, incluso en la educación obligatoria.»

«Las causas son complejas y afectan a diversos colectivos, aunque con distinta intensidad», explica este especialista que centró su estudio en una población de 24.000 habitantes, situada en la costa de Mallorca. La investigación concluye que esta correlación se plasma no sólo en el número de horas dedicadas a las nuevas tecnologías, sino también en la transmisión de ciertos contravalores.

Y es que saber desconectar a tiempo es la clave que marca la frontera entre servirse de las nuevas tecnologías o estar al servicio de ellas. La tecnología puede ser innovadora o convertirse en un elemento de explotación.

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