Enero tiene esa cosa rara: no es exactamente un comienzo, es más bien un reinicio. Como si el calendario te empujara a ordenar cajones (algo que, he aprovechado en hacer), a hacer balance, a cerrar pestañas del navegador que llevan meses abiertas. Y en ese ejercicio de limpiar y mirar atrás, hoy me toca escribir sobre una de las más importantes: el cierre de Blockchain Qualifications.
La empresa se constituyó oficialmente en octubre de 2021, pero la historia empezó antes. Mucho antes. Cuando aún no había sociedad, ni web, ni un «vamos a hacerlo» formal. Ya llevábamos un año trabajando: dándole forma, probando cosas, imaginando cómo sería el producto cuando estuviera en manos de universidades, alumnos y secretarías académicas. Era un proyecto con una idea sencilla de explicar, pero compleja de ejecutar bien.
La idea: firmar un título para siempre (y que eso importe)
Blockchain Qualifications nacía con una intuición muy clara: si un título universitario es un documento que te acompaña toda la vida, ¿por qué sigue dependiendo de papeles, PDFs, sellos, correos y verificaciones lentas?
La propuesta era usar blockchain para algo que, al menos para mí, sí tiene sentido: certificar la autenticidad y permanencia de un documento. No por moda, sino por utilidad real:
- que no se pudiera falsificar con un «PDF bien hecho»,
- que se pudiera verificar sin llamadas ni procesos eternos,
- que el registro fuera resistente al paso del tiempo,
- y que el control del documento estuviera mucho más claro.
En ese momento, además, la blockchain era «la conversación». Todo el mundo tenía una opinión, y muchas empresas querían ser «las que iban a resolver X con blockchain». Nosotros intentábamos que no fuera humo, sino algo concreto: un uso práctico, acotado y entendible.
Mi papel: construir los cimientos
Yo me impliqué sobre todo en la parte de infraestructura, estructura y base del producto: la creación de los paneles iniciales, el esqueleto sobre el que luego se podían montar procesos y funcionalidades. Es ese trabajo que muchas veces no luce: diseño de flujos, organización, pantallas base, estructura inicial… pero sin eso no hay nada que escale.
La parte más puramente blockchain la hizo Oriol, que se encargó del núcleo técnico específico de esa capa. Yo estuve deliberadamente menos en esa zona: no por falta de interés, sino porque mi aportación era más útil en el producto, la arquitectura inicial y la experiencia de uso.
Recuerdo esa fase con cariño porque tenía algo de «taller»: construir, ajustar, discutir, rehacer. La sensación de que, si apretábamos un poco más, podía salir algo sólido. Al final es una de las cosas que más me gusta: versión 0 de un producto, su MPV.
Lo que pasó: el proyecto se fue quedando sin empuje
Y aquí llega la parte incómoda, que en enero suele doler menos porque ya vienes con mentalidad de balance. Hubo dos factores que, vistos con perspectiva, han sido determinantes.
Falta de implicación (aunque suene feo)
No lo digo como reproche personal, sino como diagnóstico. En proyectos pequeños, la implicación no puede ser «cuando se puede». Tiene que ser sostenida. Y cuando no lo es, el producto no avanza, los ritmos se rompen y la motivación se va erosionando.
Es un desgaste silencioso. No hay una gran discusión ni un punto de ruptura. Simplemente, un día te das cuenta de que llevas semanas empujando una rueda que gira poco.
Falta de marketing y excesiva dependencia de contactos
El segundo factor fue todavía más evidente: no «supimos» marketearlo.
Dependimos demasiado de contactos existentes, de conversaciones informales, de «esto a tal universidad le podría interesar», de confiar en que el valor se vendería solo. Y eso casi nunca pasa.
Un producto B2B, y más uno orientado a instituciones, necesita:
- narrativa clara (qué problema resuelve y por qué ahora),
- confianza (casos, validaciones, pilotos),
- estrategia (a quién se habla y cómo se llega),
- y una insistencia que a veces parece pesada, pero es la diferencia entre existir o no.
Nos faltó salir, más, de la cueva. Y el proyecto, sin ese oxígeno, se quedó dentro.
El contexto cambió: la blockchain dejó de ser “tema”
Y luego está el mundo, que también juega.
Cuando empezamos, la blockchain era protagonista. Hoy, el foco se ha desplazado casi por completo hacia la IA. Da igual si tu caso de uso tiene sentido: si el mercado ya no vibra con esa palabra, cuesta más conseguir atención, reuniones y presupuesto.
Eso no invalida la idea. De hecho, a mí me sigue pareciendo interesante: dejar firmado «para siempre» un documento crítico es valioso. Pero sí cambia el clima: lo que antes abría puertas ahora exige más explicación, más paciencia, más pedagogía.
Y, siendo honestos, a nosotros nos faltó esa energía extra.
¿Me arrepiento? No exactamente
Cerrar una empresa no es un drama épico (sobre todo cuando se plantea el «vamos a cerrarlo bien»). Tampoco es un «ya está, olvidemos esto». Es una mezcla rara: un punto de tristeza, un poco de alivio, y bastante aprendizaje.
Me quedo con varias lecciones que me parecen útiles, incluso fuera del mundo startup:
- Una idea buena no compensa un equipo sin tracción constante.
- El marketing no es un extra; es parte del producto.
- Depender de contactos te puede arrancar, pero no te sostiene.
- Las modas tecnológicas importan más de lo que nos gusta admitir.
- Y quizá la más sencilla: si no se cuenta, no existe.
También me llevo lo construido. Aunque no haya terminado donde queríamos, hubo trabajo real, estructura real, y un intento honesto de hacer algo útil.
Enero y los cierres: no todo es fracaso, también es orden
Enero no te pide que te inventes una épica; te pide que ordenes. Que aceptes lo que fue, lo que no fue y lo que ya no va a ser.
Blockchain Qualifications se cierra, pero la intuición detrás, la importancia de la verificación, la certificación, la autenticidad, sigue vigente. Quizá resurja en otra forma, con otras palabras, o en otro momento donde el mercado esté mirando hacia ahí.
Por ahora, lo dejo aquí, como se dejan los cierres sanos: con respeto, con aprendizaje y con la puerta cerrada… pero siempre presente.

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