Y ahora supera mi beso

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Hay libros que buscas durante meses, que anotas en listas, que persigues por tiendas y bibliotecas con la obstinación de quien necesita una pieza concreta para completar el rompecabezas. Y luego están los que simplemente aparecen. Alguien los deja en una mesa, te los recomienda sin darle demasiada importancia, o los encuentras en un rincón sin haberlos convocado. Y ahora supera mi beso, de Megan Maxwell, llegó a mí de esa segunda forma: sin aviso, sin expectativa, sin ningún tipo de carta de presentación más allá de una portada que prometía exactamente lo que el título anunciaba.

No soy lector habitual de romance. No es un rechazo de principios, ni mucho menos un snobismo que intente disfrazar; es simplemente que mis lecturas suelen ir por otros derroteros. Me muevo con más comodidad por territorios donde la ambigüedad es la norma, donde los finales son puertas entreabiertas y donde los personajes se explican menos de lo que callan. Enfrentarme a una historia donde el conflicto central es si dos personas van a conseguir estar juntas me suponía un cambio de registro absoluto. Una incógnita distinta. Y debo admitir que no sabía si mi paciencia aguantaría la densidad emocional de una protagonista dispuesta a contarlo todo, a sentirlo todo en voz alta, a dejar que sus hormonas dirigieran el relato durante páginas y páginas.

Y sin embargo.

El género como territorio desconocido

Cuando empecé a leer, no sabía muy bien a qué atenerme. Tenía delante una novela publicada en 2022, con todos los códigos del romance contemporáneo: una protagonista con nombre sonoro (Amara), un empresario atractivo del mundo del vino en Tenerife (Liam Acosta), un escenario aspiracional y una promesa implícita de final feliz. Todo apuntaba a que iba a ser una experiencia predecible, cómoda, quizás demasiado plana para quien busca en la lectura un desafío.

Durante las primeras páginas mantuve esa distancia. Observaba los mecanismos como quien observa una cocina ajena: reconocía los ingredientes, entendía la receta, pero no sentía que fuese a sentarme a la mesa con ganas. Pero entonces algo cambió. No fue un giro de la trama (la trama, seamos honestos, es lo que es, y no pretende ser otra cosa). Fue la voz.

Dentro de la cabeza de Amara

Megan Maxwell tiene un don que, en mi opinión, no tiene nada que ver con la explicitud de las escenas eróticas ni con la construcción del galán de turno. Su don es hacer que una narración en primera persona suene auténtica. No estás leyendo a Amara; Amara te está contando esto sentada a tu lado, con un café en la mano, pasándose los dedos por el pelo, diciéndote «y entonces el muy idiota me miró así…». Hay una inmediatez en la forma de escribir que rompe la cuarta pared sin necesidad de romperla formalmente. Es un monólogo interior compulsivo, sí, pero es un monólogo que respira, que duda, que se contradice en el mismo párrafo, que explica las cosas como si las estuviera pensando en ese preciso instante.

Y eso, en un género donde muchos autores se quedan en la descripción plana de besos, gemidos y miradas cargadas de intensidad, me parece un hallazgo. Amara no filtra sus hormonas, ni sus inseguridades, ni su manera de sobreanalizar cada gesto de Liam. No es una protagonista diseñada para ser admirada; es diseñada para ser compartida. Y descubrir eso me hizo pasar de la observación distante a la compañía.

La parte +18

Claro que está. Sería absurdo negarlo, y también sería absurdo hacer como si no formara parte del contrato que el libro ofrece a sus lectores. Pero si alguien se acerca a Y ahora supera mi beso movido únicamente por esa atracción, creo que se quedará corto. Y si alguien lo evita precisamente por eso, se pierde la voz de Amara. Las escenas cumplen su función dentro del género, no son ni especialmente brillantes ni ridículas, pero lo importante, lo que me mantuvo pasando páginas, es que el libro no se sostiene sobre ellas. Si las quitases (y no digo que no se echaran de menos), la historia seguiría teniendo un esqueleto. Es una novela donde el sexo es una de las formas de conversación entre dos personas que se están conociendo en tiempo real, con todos sus miedos, sus armaduras y sus ganas de no equivocarse.

Tenerife, el vino y el ritmo de agosto

Maxwell usa Tenerife y el mundo del vino como telón de fondo aspiracional, pero sin convertirlo en un folleto turístico. Da aire. Sirve para que la protagonista respire, y para que el lector también. En mi caso, esa ambientación encajó con la circunstancia: lo fui leyendo en verano, en ratos muertos, entre otras ocupaciones y el calor que se cuela por la ventana. No es una novela que exija maratón de ocho horas; es un libro que acepta que lo dejes y vuelvas, como esas conversaciones intermitentes con alguien que te cae bien. Lo abría, leía un par de capítulos, lo dejaba, y al volver Amara seguía ahí, con sus líos emocionales, sin juzgarme por haberla abandonado veinticuatro horas.

La máquina del confort

Llegados a este punto, conviene poner las cartas sobre la mesa. Megan Maxwell lleva años publicando al ritmo de un par de obras al año. Tiene un patrón reconocible: personajes que se atraen, un obstáculo emocional, un desenlace cálido. Es literatura de confort, de automatismo emocional, de contractura narrativa que se resuelve con el final que el lector espera. Y hay quien desprecia eso, quien lo considera menor, quien cree que leer solo tiene sentido si es un acto de conquista intelectual.

Yo ya no estoy tan seguro. Hay días en que necesitas un reto, sí. Pero hay otros, y en agosto son la mayoría, en que necesitas un servicio. No siempre quiero que un libro me redefina; a veces quiero que me acompañe mientras mi cerebro hace otras cosas. Maxwell es una especialista en ese acompañamiento. Es una profesional del entretenimiento literario que ha construido una industria en torno a una voz reconocible, y que recientemente ha entrado en la lista Forbes Women 50 over 50 (2026), lo cual no es poca cosa. No es una aficionada que escribe por ocio; es una autora que domina su oficio con la misma precisión que cualquier otro especialista domina el suyo.

Para quién es esto, y por qué lo cuento

Si buscas giros inesperados, metaficción o una crítica social profunda, este no es tu libro. No va a cambiar la literatura, no va a aparecer en los currículos universitarios de aquí a cincuenta años, y tampoco pretende hacerlo. Pero si buscas una voz que te arrastre, una historia que no te exija más de lo que puedes dar en pleno agosto, y unas horas de compañía sin complicaciones, Y ahora supera mi beso cumple a la perfección.

A veces los libros llegan a nuestras manos por algo. En mi caso, llegó para recordarme que leer también puede ser un acto de descanso, no solo de conquista. Y que meterse en la cabeza de alguien que está pasándolo bien y mal a la vez, que se enamora con todos los miedos encima y que te lo cuenta como si fuera tu amiga, puede ser tan reconfortante como una tarde de brisa por la ventana y nada urgente que hacer.

Ahora, que alguien me supere este beso… o al menos me cuente cómo sigue la historia.

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