Este otoño me ha pillado releyendo algunas novelas que me habían marcado hace años. Y entre un rato a mediodía y antes de ir a dormir, terminé en un terreno familiar: esa voz en primera persona que te agarra de la camiseta y te dice «ven, tú vas a vivir esto conmigo». Así me encontré devorando Hail Mary, de Andy Weir, con la misma sensación que tuve cuando recorrí los pasillos del OASIS en Ready Player One o cuando me dejé llevar por la ironía de Artemisa. Hay algo en ese «yo» directo, casi confesional, que convierte la lectura en una especie de viaje compartido.
El hechizo de la primera persona
Siempre me pasa: cuando una historia está narrada así, como un diario improvisado o un monólogo inteligente, me resulta imposible no empatizar. En Hail Mary, Ryland Grace, ese profesor de ciencias arrastrado a la aventura más improbable, te habla como si estuviera sentado a tu lado en la cabina, improvisando, dudando, fallando… y acertando de vez en cuando. Esa transparencia, ese «estoy aquí y no tengo ni idea de si voy a sobrevivir», me recordó a la torpeza tierna de Wade Watts o a los comentarios autoirónicos de Jazz Bashara en Artemisa.
Ecos y diferencias con otros viajes en primera persona
Weir juega con un arma que ya dominaba: convertir la ciencia dura en una conversación íntima. Y funciona. Cada cálculo, cada hipótesis, cada pequeño logro en la nave se siente como una victoria compartida. Pero aquí la voz tiene un matiz distinto al de los libros de Ernest Cline. En Ready Player One la primera persona servía para transmitir obsesión, nostalgia, cultura pop hasta la saturación. En Armada, para canalizar la fantasía adolescente del héroe inesperado. En cambio, Hail Mary se mueve en una mezcla de humor, vulnerabilidad y ciencia pura, con una dimensión emocional que crece sin permiso.
Hay momentos en los que la estructura en flashbacks acompaña genialmente esta voz. Grace no solo te cuenta lo que pasa: recupera lo que olvidó. Y tú lo descubres con él, casi al mismo tiempo, con esa sensación de estar rebuscando en cajones mentales que no se han abierto en años. Es un recurso que, en manos menos hábiles, se sentiría artificioso. Pero aquí funciona como motor narrativo.
Cuando la soledad se vuelve compañía
Uno de los puntos donde el libro realmente brilló para mí fue en cómo la primera persona sostiene la relación más inesperada de la historia. Y aunque no voy a entrar en spoilers, sí diré que pocas veces he visto cómo una voz individual puede construir un puente tan sólido hacia «el otro», incluso cuando ese otro no se parece en nada a nosotros. Weir lo maneja con una ternura casi sorprendente, sin perder el ritmo ni la tensión.
Mirando hacia delante
Terminé Hail Mary con esa mezcla de satisfacción y pequeña nostalgia que dejan las historias bien contadas. Y me quedé pensando en lo mucho que disfruto estas narraciones donde el narrador es compañero de viaje, cómplice y guía. Quizá por eso sigo buscando libros que usen la primera persona no como un truco, sino como una ventana sincera a la mente del protagonista.
Supongo que, tarde o temprano, volveré a caer en otra novela así. Y, si algo he aprendido, es que cuando una voz te invita a entrar… casi siempre vale la pena aceptar.

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